Ellos se toman de la mano: algo habla entre sus dedos, lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges, y arriba esta la noche llena de ojos. Son los amantes, su isla flota a la deriva hacia muertes de césped, hacia puertos que se abren entre sabanas. Todo se desordena a través de ellos, todo encuentra su cifra escamoteada, pero ellos ni siquiera saben que mientras ruedan en su amarga arena hay una pausa en la obra de la nada, el tigre es un jardín que juega al fin y al cabo. Amanece en los carros de basura, empiezan a salir los ciegos. Los amantes rendidos se miran y se tocan una vez mas antes de olor el dia. Ya estan vestidos, ya se van por la calle.
Y es solo entonces cuando están muertos, cuando están vestidos, que la ciudad los recupera (de manera hipócrita) y les impone los deberes cotidianos.
¿Quien los ve andar por la ciudad si todos están ciegos? Todos estamos un poco ciegos...
Casi no queda nada; si, el amor vergonzoso entrando en los buzones para llorar, o andando solo por las esquinas(aunque lo vean igual), guardando sus objetos dulces, sus fotos . Guardándolos en la región de la vergüenza justamente, la zona de la vergüenza...
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